jueves, 26 de agosto de 2010

Mercaderes de Ilusiones

Se levantó con un ligero dolor de espalda, a pesar de tener la ilusión de haber dormido sobre un colchón hecho con materiales diseñados por la NASA y de haber posado su cabeza sobre una almohada diseñada en Japón y fabricada en Italia con plumas de gansos daneses. Olía a sudor y se sentía pegachento, a pesar de pensar que había usado un pijama de seda china, confeccionada por un importante modisto brasilero y la cobija alemana que permitía mantener una temperatura corporal óptima al tiempo que dejaba respirar a la piel, evitando así el envejecimiento prematuro.

Tomó la cuchilla de afeitar, con cinco hojas recubiertas de diamante, pues tenía la percepción que un hombre afeitado es más limpio, más atractivo y más exitoso que uno que se deje la barba un par de días. Uso una costosa crema de afeitar, importada desde Nueva York, con emolientes naturales que él estaba convencido que evitaba que sus barbas crecieran de forma equivocada y se enconaran sus delicados poros. Uso una loción revitalizadora, para evitar infecciones en su piel.

Se bañó con un jabón de diseñador que le garantizaba, en su mente, hasta 36 horas de hidratación profunda y una piel más joven más años. Usó un champú que él sabía, porque lo aseguraba la televisión, que evitaría la caída de su pelo y que en la calle lo confundieran con una mujer. Se secó con una toalla de algodón egipcio, que era claramente superior a una toalla de algodón nacional en que secaba más rápido y mejor.

Se vistió con un traje inglés cosido sobre medidas en saville row que, junto con su camisa de botones de nácar y su corbata parisina de seda pintada a mano, hacía que resaltaran sus ojos. Puso sus bolígrafos en el bolsillo de su camia, asegurándose que las tapas blancas resaltaran contra el azul petróleo y que el clip no pisara el monograma personalizado en su bolsillo, así la gente podría saber que su firma nunca se iba a borrar. Puso en su bolsillo el dispositivo de telecomunicación, integrado con miles de funciones, que él podría jurar que ponía al mundo en la punta de sus dedos.

Tomó de la nevera una botella de los manantiales de Francia, que él sabía que hidrataba mejor que el agua de los manantiales nacionales, que llegaba por el tubo y podría servir en sus vasos checos que reposaban sobre su mesón de granito italiano. Desayunó con un café hecho en con granos digeridos por una civeta asiática y una leche descremada que él esperaba que supiera mejor que un café con leche de panadería, sin hacerle engordar. Miró la hora en su reloj suizo, de platino con diamantes, que había comprado porque era mucho más preciso que cualquier otro reloj de pulsera existente, y se dio cuenta que iba tarde. Tomó las llaves de su deportivo italiano, que le ayudaría a llegar al trabajo más rápidamente en medio de los trancones, y salió del apartamento.

Mientras el motor rugía con un comando de su voz, pensó orgulloso en todos sus logros. Todo lo había logrado vendiendo ilusiones a imbéciles dispuestos a pagar. Tenía lista la campaña para hacerles creer que el heredero de un ex presidente no era tan mentiroso, corrupto y sanguinario como su padre. Pensó que él nunca caería en una trampa tan burda… ¡Imbéciles!

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