martes, 15 de junio de 2010

Dos cuenticos estúpidos para leer en los descansos del mundial.

¡Cómo Vuela Mi General Sanabria!

Señoras y señores, las emociones del fútbol ya se van a desatar en la cancha. El partido entre “Las Estrellas Militares” y “Los Revolucionarios del Fútbol” cerrará las celebraciones por el armisticio que fue logrado en días anteriores. El General Osorio mira al árbitro, el cardenal Lemaitre, quien pita con fuerza el inicio del cotejo. El balón orbita hacia el Contralmirante Perfetti, quien ve al Coronel Mejía picando por la banda izquierda hacia donde patea la esférica. Se anticipa al pase el Comandante Guatín, ferreo volante de contención de los Revolucionarios que hoy visten su tradicional uniforme rojo. Adelanta el balón para el jugador más habilidoso de su equipo; Herbey “el Che” Gómez elude la marca de dos hombres con un ocho largo, cruza el medio campo con panorama, tiene hombres pegados en las bandas, descarga hacia la derecha. “El topo” domina el balón, elude la marca del lateral izquierdo, pero llega oportuno al cierre el General Aldana, quien manda el balón a la banda lateral.

Cabe anotar, mi querido compañero, que los asistentes del Cardenal son el representante de la cruz roja internacional para el país, el suizo Jan Mueller en la punta boreal y en la esquina austral el argentino Federico DiFilippe, de Human Rights Watch. El cuarto árbitro es la señora Argenis Ulloa, del movimiento de madres y víctimas. Hay que recordar las formaciones. En las Estrellas, el portero es el General Sanabria de la Policía Militar, por derecha marca el Brigadier General de la FAC González, los defensores centrales, ambos Generales de la Policía Aldana y Urrego, por izquierda marca el Coronel Velazquez de la Infantería de Marina.

Peeeerrrrmiiitaaameeee, compañero que esto se puso bueno. Una falta que favorece a los revolucionarios en el borde del área. La falta fue de Perfetti y todo parece indicar que le va a pegar “el che”. Cuatro hombres en la barrera… un bombazo del Che que Mi General Sanabria detiene con solvencia…. ¡Cómo le pega a esa pelota el che y cómo vuela mi general Sanabria!

La configuración del medio campo de los representantes de las fuerzas militares es con el Contralmirante Perfetti como 5 clásico, con dos volantes abiertos por las puntas y un enganche libre. A su izquierda se ubica el Coronel Mejía de la Policía Nacional y a su derecha el Mayor General Sastre, quien es en este momento el director del batallón encargado de cuidar al presidente y su familia. Arma el General Osorio del ejercito.

Quien por cierto domina el esférico en este momento, esquiva a su marcador y pone un centro preciso a la cabeza del Almirante Torres que remata picado al arco, y ese balón está adentro…. GOOOOOOOOOOOOOOLLLLLLLL….. GOOOOOOOLLLLLLLL del Almirante Torres, en el minuto 7 del primer tiempo las Estrellas Militares se encaraman en el marcador.

Precisamente, iba a referirme a los delanteros de las Estrellas, el Almirante Torres y el General de la infantería de marina Vargas. Y pudimos ver en acción al altísimo Almirante, quien se eleva con potencia envidiable para un hombre de 60 años y remata libre de marca de forma precisa a donde ningún arquero puede llegar. Me gustaría recordar que el promedio de edad de los jugadores de las Estrellas es de 57 años, siendo el más joven el coronel Mejía. Por eso, los tiempos serán de veinte minutos.

Los Revolucionarios mueven el balón, el Guatín toma la lanza y comienza a correr entre un mar de piernas. Perfetti se barre con los taches arriba, pero el Guatín lo esquiva, el Che está solo en el centro, Lenin al frente de él y Stalin a su izquierda, descarga el balón en Lenin. Corre hacia la línea final, suelta el balón atrás, el che soloooo GOOOOOOOOOOLLLLLL que definición que GOOOOOLAAAAAZOOOOOOO del Che, mi corazón quiere saltar en pedazos, que potente disparo de pierna derecha para vencer a Mi General Sanabria que nada pudo hacer.

Una jugada bien hecha por parte del Guatín, quien rompe líneas, abriendo espacios en la defensa de las Estrellas, ubicando ese balón en el espacio vacío para que pique Lenin, quien arrastra la marca hasta la línea y pone un pase perfecto al Che que aprovecha la potencia de su pierna derecha para empatar esta reñida batalla.

El equipo de los revolucionarios está conformado por los comandantes de las diferentes facciones insurgentes que han luchado en el país desde mediados del siglo pasado. El arquero es el comandante Aymara, de los movimientos indigenistas, en la defensa del grupo de afroamericanos socialistas los comandantes Xangó y Oxun son los defensores centrales, mientras que de la facción castrista maneja los carriles con Raúl por derecha y Fidel por izquierda. En el medio campo, el profesor de historia latinoamericana, el poeta del balón y carismático líder Herbey el Che Gómez. Él mismo reconoce que es irónico que le hayan bautizado en honor de Hoover, el presidente de USA durante la gran depresión. A su izquierda se para Trotsky, del movimiento de estudiantes. En la delantera, los comunistas de línea dura Lenin y Stalin. El promedio de edad del equipo es de 54 años, siendo el más joven el Che Gómez con 41 años.

La tribuna grita emocionada. Unos al lado de los otros están soldados e insurgentes. Anteriormente enemigos y hoy unidos por el armisticio, el indulto y el fútbol. Faltan pocos segundos para que termine este primer tiempo. El árbitro pita el final del primer tiempo.

No nos deje, que en el entretiempo vienen los discursos del Comandante Padre Saulo, quien no pudo jugar por problemas de artritis y del Presidente de la República. Ambos fueron fundamentales para lograr el avance de las conversaciones de paz.

20 minutos más tarde…

¡Que buenos discurrrrsossss! ¡Pero mejor es el fútbol y el balón ya rueda por el gramado! Stalin pone el balón en juego hacia atrás, con el Comandante Guatín. Fidel pica por la banda izquierda, buscando la espalda del Brigadier General González, el Guatín suelta el pase preciso. Domina Fidel con pierna izquierda, tira un centro, Lenin cabecea… ¡Como vuela mi General Sanabria! Atrapa un balón complicado, se pone rápidamente de pie y patea con todas sus fuerzas buscando la altura del Almirante Torres. Baja el balón hacia atrás al General Osorio, fitra un balón para el general Vargas, remata desde el borde del área ¡GOOOOOLLLLL! ¡GOOOOOLAAAAAAZOOOOO! Minuto 3 del segundo tiempo, que bombazo del General Vargas, cruzando con su pierna derecha y dejando ese balón en la escuadra.

Fue un típico gol de contragolpe, que nace de un oportuno saque del arquero buscando la altura de Torres, quien baja el balón con mucha clase, permitiendo que Osorio haga un pase preciso a Vargas que venía corriendo con el arco de frente y el hueco que había fabricado Torres con su pase atrás. Esto nos muestra la importancia de un buen pívot dentro del fútbol moderno.

¡Eso es muy cierrrto, compañero! ¡Un buen pívot es como un buen guaro! Pero abra bien los ojos, que Raúl encaró y sobró a Mejía. Sigue por el carril hasta la línea del fondo, tira un centro, Stalin se levanta. ¡Lo tumbaron! El cardenal no duda en marcar penal y en ponerle la amarilla al General Urrego.

Un error que nace en el Coronel Mejía que regaló la banda y obliga a que el General Urrego empuje a Stalin en el área. Cuentan con los reflejos felinos de su portero para evitar la paridad.

El Che toma impulso. El cardenal autoriza el cobro. Que riflazo…¡Cómo vuela mi General Sanabria! Saca el balón con las manos hacia el tiro de esquina…

Algo extraño pasa en la cancha. El General Sanabria parece partido por la mitad y hay un cráter en medio del arco. El che se toma la cara en las manos. Todos corren en confusión por la cancha.

En las tribunas también hay pánico. Unos hombres de negro con la bandera del Gran País en las mangas están disparando contra la multitud. Más bombas explotan en diferentes partes del estadio. Esto es un ataque contra nuestra soberanía. Esto no puede estar pasando.

No, nunca nos callaremos. Esto está pasando en el templo del fútbol. Dispare, entonces.

PUM PUM

(Voz desconocida y con acento) Himno de la Republica, luego palabras de embajador de Gran País y nuevo regente de territorio anexo.

(Notas iniciales del himno, se escuchan algunos gritos y estallidos de fondo)

Dos Cuenticos Estúpidos para Leer en los Descansos del Mundial

El Pelaito.

Si ustedes hubieran visto la finta, el amague, el enganche, el dominio de balón de ese pelaito, también hubieran ofrecido vender su alma al diablo por tenerlo en su equipo. Aunque tenía los quince años mínimos aceptados, parecía un niño de doce años mal alimentado. Pero cuando sus pies tocaban el balón, su piel se iluminaba como poseído por una energía celestial. Su emanación angelical parecía atraer todos los pases, como si se convirtiera un imán.... un imán que repelía con igual potencia en el momento de rematar al arco con su prodigiosa zurda.

Recuerdo todavía el día que lo conocimos. Estábamos en la cancha un miércoles, el único día al que teníamos derecho, cuando se nos fue la pelota a la calle. Comenzó a rodar montaña abajo. Sabíamos que se detendría a tres cuadras, cuando golpeara el separador de la avenida. Si no le pasaba un bus por encima, todo estaba bien. El Mocho tenía que ir por ella pero cuando comenzaba a alejarse, el balón pasó por encima de su cabeza para caer en mi pie. Allí se detuvo, como por arte de magia. El Pelaito venía corriendo calle arriba, grácil, liviano y sin esfuerzo alguno. El mocho cedió su posición de armador por izquierda a partir de ese día. Faltaba un mes para el juego anual.

Antes, la cancha era escenario de batallas de cuchillo, cadena y varilla. Los dos barrios peleábamos a muerte por el derecho a usar el único pedazo de tierra sin pendiente en kilómetros a la redonda. El mocho fue la última víctima de esa guerra. Una herida se le gangrenó y le cortaron el brazo izquierdo. Fue entonces que los líderes de las pandillas se sentaron y decidieron que el uso de la cancha se arreglaría anualmente, en un partido de once contra once, con tres cambios por equipos y dos tiempos de 30 minutos. Los perdedores podrían usar la cancha un solo día a la semana, los miércoles. La edad mínima 15 años, la máxima 25. Era el último año para el mocho y para mí.

La estrategia era clara ese año, después de seis años de derrotas consecutivas, tendríamos la cancha. El primer tiempo, jugaríamos con una figura 5 – 4 – 1 con marcadores de punta, dos centrales, líbero, dos volantes de marca, dos de creación y un solo delantero. En el minuto quince del segundo tiempo cambiaríamos un delantero y uno de los volantes de creación sería reemplazado por el Mocho. Faltando cinco minutos, yo me haría el lesionado y, pretendiendo no tener opción, meteríamos al Pelaito. Él debería romper el 0 – 0 que nosotros habríamos defendido con los dientes, con uno de sus potentes remates de media distancia, durante el primer contragolpe posible. Ellos no se lo esperarían, conmigo (capitán y, modestia aparte, mejor jugador) por fuera, ellos dejarían un hueco en su defensa para que aprovecháramos con nuestra arma secreta.

El día llegó. Los del barrio de al lado llegaron sonrientes, confiados. El Tuso me miró con desprecio. Llevaba seis años ganándome y todavía me odiaba por ese gol de último minuto de hacía siete años. Yo lo odiaba por los 9 goles en los últimos seis partidos y por las múltiples clavadas de taches. Sería él quien me lesionaría.

Llevábamos 55 minutos de juego cuando El Tuso, completamente frustrado por nuestra defensa férrea y nuestra valla incólume, me barrió con los taches en alto, haciéndome volar como propulsado por el grito de dolor que salió de mí garganta. Me revolqué en el piso, un delantero argentino no podría pretender mejor. El árbitro contratado para el juego sacó el cartón rojo. La estrategia funcionó mejor de lo esperado. Pedí el cambio y entró el Pelaito. Y empezaron los cinco minutos más largos de mi vida.

El Pelaito se ubicó como volante de creación. Pero el balón no le llegaba. Los marcadores del otro barrio lo anticipaban permanentemente. El Pelaito luchaba, pero era demasiado liviano para sus contrincantes. El tiempo corría rápidamente en el cronómetro, pero en mi mente el Pelaito parecía moverse en cámara lenta. El Mocho me informó que faltaba un minuto. Entonces, el arbitro pitó el tiro de esquina en contra.

El balón venía para el segundo palo, nuestro arquero salió a cazar mariposas. El Pelaito se levantó para rechazar, pero lo cargaron por detrás. Mientras caía como un muñeco de trapo, el balón tocó su elevado talón, saliendo disparado hasta el fondo de nuestra arquería. El arbitro no pitó la falta. Señaló el gol como válido.

El Mocho comenzó a llorar en silencio, como lloramos los hombres. El Pelaito recibió el balón del flaco en el saque del mediocampo. Picó con la esférica pegada a su botín derecho. Eludió a los volantes de creación y a los de marca. El Mocho se colgó de mi brazo cuando desde 35 metros disparó un bombazo al ángulo con su zurda prodigiosa. El balón atravesó la línea defensiva con gran potencia y dirección. El arquero volaba hacia el ángulo, pero se notaba que no llegaba. El balón reventó en el ángulo de la arquería contraria. El Pelaito estaba tratando de llegar al rebote cuando el árbitro pitó el centro del campo. Habíamos vuelto a perder.

Comenzamos a caminar lentamente, cabizbajos hacia el barrio. El Pelaito iba al lado mío. Con sus ojos enrojecidos, con su andar cansino, con toda la tristeza del autogol. Su mirada nos decía lo que su garganta no se atrevía a articular. “Lo siento. Me empujaron. El arbitro no pitó.” Me tragué un nudo de lágrimas al tratar de decirle que no era su culpa. Entonces, oí el grito del Tuso.

“Pelaito, acuérdese que mi mamá no quiere que ande tan tarde por la calle con tanto perdedor que anda suelto.” El Pelaito me sacó la lengua y arrancó a correr.