martes, 15 de junio de 2010

Dos Cuenticos Estúpidos para Leer en los Descansos del Mundial

El Pelaito.

Si ustedes hubieran visto la finta, el amague, el enganche, el dominio de balón de ese pelaito, también hubieran ofrecido vender su alma al diablo por tenerlo en su equipo. Aunque tenía los quince años mínimos aceptados, parecía un niño de doce años mal alimentado. Pero cuando sus pies tocaban el balón, su piel se iluminaba como poseído por una energía celestial. Su emanación angelical parecía atraer todos los pases, como si se convirtiera un imán.... un imán que repelía con igual potencia en el momento de rematar al arco con su prodigiosa zurda.

Recuerdo todavía el día que lo conocimos. Estábamos en la cancha un miércoles, el único día al que teníamos derecho, cuando se nos fue la pelota a la calle. Comenzó a rodar montaña abajo. Sabíamos que se detendría a tres cuadras, cuando golpeara el separador de la avenida. Si no le pasaba un bus por encima, todo estaba bien. El Mocho tenía que ir por ella pero cuando comenzaba a alejarse, el balón pasó por encima de su cabeza para caer en mi pie. Allí se detuvo, como por arte de magia. El Pelaito venía corriendo calle arriba, grácil, liviano y sin esfuerzo alguno. El mocho cedió su posición de armador por izquierda a partir de ese día. Faltaba un mes para el juego anual.

Antes, la cancha era escenario de batallas de cuchillo, cadena y varilla. Los dos barrios peleábamos a muerte por el derecho a usar el único pedazo de tierra sin pendiente en kilómetros a la redonda. El mocho fue la última víctima de esa guerra. Una herida se le gangrenó y le cortaron el brazo izquierdo. Fue entonces que los líderes de las pandillas se sentaron y decidieron que el uso de la cancha se arreglaría anualmente, en un partido de once contra once, con tres cambios por equipos y dos tiempos de 30 minutos. Los perdedores podrían usar la cancha un solo día a la semana, los miércoles. La edad mínima 15 años, la máxima 25. Era el último año para el mocho y para mí.

La estrategia era clara ese año, después de seis años de derrotas consecutivas, tendríamos la cancha. El primer tiempo, jugaríamos con una figura 5 – 4 – 1 con marcadores de punta, dos centrales, líbero, dos volantes de marca, dos de creación y un solo delantero. En el minuto quince del segundo tiempo cambiaríamos un delantero y uno de los volantes de creación sería reemplazado por el Mocho. Faltando cinco minutos, yo me haría el lesionado y, pretendiendo no tener opción, meteríamos al Pelaito. Él debería romper el 0 – 0 que nosotros habríamos defendido con los dientes, con uno de sus potentes remates de media distancia, durante el primer contragolpe posible. Ellos no se lo esperarían, conmigo (capitán y, modestia aparte, mejor jugador) por fuera, ellos dejarían un hueco en su defensa para que aprovecháramos con nuestra arma secreta.

El día llegó. Los del barrio de al lado llegaron sonrientes, confiados. El Tuso me miró con desprecio. Llevaba seis años ganándome y todavía me odiaba por ese gol de último minuto de hacía siete años. Yo lo odiaba por los 9 goles en los últimos seis partidos y por las múltiples clavadas de taches. Sería él quien me lesionaría.

Llevábamos 55 minutos de juego cuando El Tuso, completamente frustrado por nuestra defensa férrea y nuestra valla incólume, me barrió con los taches en alto, haciéndome volar como propulsado por el grito de dolor que salió de mí garganta. Me revolqué en el piso, un delantero argentino no podría pretender mejor. El árbitro contratado para el juego sacó el cartón rojo. La estrategia funcionó mejor de lo esperado. Pedí el cambio y entró el Pelaito. Y empezaron los cinco minutos más largos de mi vida.

El Pelaito se ubicó como volante de creación. Pero el balón no le llegaba. Los marcadores del otro barrio lo anticipaban permanentemente. El Pelaito luchaba, pero era demasiado liviano para sus contrincantes. El tiempo corría rápidamente en el cronómetro, pero en mi mente el Pelaito parecía moverse en cámara lenta. El Mocho me informó que faltaba un minuto. Entonces, el arbitro pitó el tiro de esquina en contra.

El balón venía para el segundo palo, nuestro arquero salió a cazar mariposas. El Pelaito se levantó para rechazar, pero lo cargaron por detrás. Mientras caía como un muñeco de trapo, el balón tocó su elevado talón, saliendo disparado hasta el fondo de nuestra arquería. El arbitro no pitó la falta. Señaló el gol como válido.

El Mocho comenzó a llorar en silencio, como lloramos los hombres. El Pelaito recibió el balón del flaco en el saque del mediocampo. Picó con la esférica pegada a su botín derecho. Eludió a los volantes de creación y a los de marca. El Mocho se colgó de mi brazo cuando desde 35 metros disparó un bombazo al ángulo con su zurda prodigiosa. El balón atravesó la línea defensiva con gran potencia y dirección. El arquero volaba hacia el ángulo, pero se notaba que no llegaba. El balón reventó en el ángulo de la arquería contraria. El Pelaito estaba tratando de llegar al rebote cuando el árbitro pitó el centro del campo. Habíamos vuelto a perder.

Comenzamos a caminar lentamente, cabizbajos hacia el barrio. El Pelaito iba al lado mío. Con sus ojos enrojecidos, con su andar cansino, con toda la tristeza del autogol. Su mirada nos decía lo que su garganta no se atrevía a articular. “Lo siento. Me empujaron. El arbitro no pitó.” Me tragué un nudo de lágrimas al tratar de decirle que no era su culpa. Entonces, oí el grito del Tuso.

“Pelaito, acuérdese que mi mamá no quiere que ande tan tarde por la calle con tanto perdedor que anda suelto.” El Pelaito me sacó la lengua y arrancó a correr.